:: Miedo, temor y angustia ::


Hasta el más valiente siente miedo. No hay nadie en esta vida que no haya experimentado esta pasión. ¡Porque el miedo es natural al ser humano! Existe un temor bueno, que es, en primer lugar, un mecanismo de autodefensa, que nos lleva a preservar nuestro propio ser de todo enemigo. Pero el temor que roba la paz no es algo bueno. Se trata del sentimiento de miedo generado por la posibilidad de perder bienes no indispensables ni necesarios. Ese temor revela, en el fondo, que nuestro corazón está apegado a algo que no es Dios. Y llevado a su extremo, nos arrastra a negar a Dios mismo, pues centrados en el temor de perder algo, nos enfocamos tanto en ese algo, que nos olvidamos de Él. Como el temor está muy unido a la imaginación, cuando éste se presenta en sus formas de angustia y ansiedad, puede llegar a hacernos perder la objetividad, nublando nuestra razón con imaginaciones que van muy lejos de la realidad. Así mismo, en un alma sin mucha fe, el temor puede hacer estragos: al faltarle la seguridad que sólo Dios puede dar, su imaginación le lleva a proyecciones horrendas de lo que le puede hipotéticamente pasar. Ya vemos que el miedo es algo muy serio. Dado que el temor está fundado principalmente en los bienes sensibles y en la importancia que les damos, entonces la curación tiene que venir de la confianza que ponemos en Dios, y no en las cosas. El miedo es un sentimiento natural en nuestra alma. El problema es que normalmente está centrado en cosas que no valen la pena. Así que la terapia no viene de eliminarlo, sino de cambiarlo, de poner nuestra confianza en algo que no pasa, que siempre está ahí: se llama temor de Dios. «No te dejaré ni te abandonaré; de suerte que podemos decir con confianza: “El Señor es mi auxilio; no temeré. ¿Qué podrán hacerme los hombres?”» Heb 13, 6 Hay dos formas de temor de Dios: 1ª. El temor de ser separados de Él y de los bienes que conlleva esta unión. Este es un primer paso para llegar al temor perfecto, que sólo se da cuando hay un amor profundo y puro a Dios. Por eso, aunque esta primera forma es buena, aún es muy imperfecta y la hemos de mejorar. 2ª. Nace del amor que le tenemos a Dios, y consiste en el temor a ser privados del amor de Dios, de su compañía y presencia. Es el temor filial. «El que teme al Señor nada temerá; no se desalentará, porque Él es su esperanza.» Sir 34, 14 Este temor no nos hace temblar frente a Dios. ¡Todo lo contrario: nos lleva a acercarnos más a Él! Porque nace del amor, no del miedo. Aprendamos a centrarnos en lo esencial, dejando pasar lo que no vale la pena. ¡Es la mejor inversión de nuestra vida!

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SACERDOTE Y AUTOR

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