:: La muerte, el dolor y su sentido ::


No puedo decir menos que el siguiente testimonio me ha dejado boquiabierto. Una buena mujer, Olga Teresita Ramírez, esposa y madre de cinco hijos; hace seis años repentinamente se quedó sola en el mundo. Así nada más, de un solo golpe. Sin previo aviso. «Algunos de la familia aún me dicen que vaya al siquiatra. De Séptimo Día vinieron a grabarme un programa, tocaron la puerta y abrí yo, estaba arreglada, cepillada, quería salir bien, preguntaron por Teresita, les dije que yo era y entonces mejor no grabaron. Querían encontrar a una mujer derrotada, hundida en el dolor. Y no fue así», cuenta al periódico El Colombiano. ¿Cómo puede tener tanta serenidad y fortaleza una mujer que ha pasado por la peor de las pesadillas? Ella lo dice así, a bocajarro, porque «a mis cinco hijos, que adoraba con todo mi corazón, y a mi esposo, yo no los perdí, los gané para Dios...» El accidente sucedió el 15 de junio del 2009. Iban doce personas viajando en una camioneta. Ya era noche. De improviso, el chofer se encuentró con un árbol en medio de la carretera. Súbitamente se vió forzado a dar un volantazo que les llevó directamente a caer en el río Cauca, caudaloso y cruel. Todos perecieron, salvo ella. «El vidrio del carro se rompió, desabroché mi cinturón y el río empezó a arrastrarme, yo no sabía nadar, pero me llevó hasta unas piedras y de ellas me aferré y empecé a buscar salida.» No fue sino hasta cuatro horas después que logró conseguir ayuda. Para entonces, ya todo estaba perdido. Teresita se vio devastada, pero dentro de ella surgía una fortaleza interior que no podía tener otro origen que Dios. Porque humanamente la situación era desquiciante. Pero poseía y posee una serenidad inexplicable. Claro que muchas veces pasa por momentos de desesperación. Claro que llora; a veces mucho. «Y entre más días, más los extraño, me los imagino en las edades que tendrían hoy y sueño con ellos.» Es verdad que la fe no apaga el dolor. Más bien, lo ubica donde debe de estar. Le ofrece un camino, un horizonte. Nos asegura que la muerte no es un simple sinsentido, una pura oscuridad. Así se lo dijo a Teresita la mayor de sus hijas, tiempo antes del accidente: «Paola me decía siempre que la muerte es linda, que cuando alguien muere, en el cielo hay fiesta y la gente debería vestirse de rojo. Ella me enseñó que el que muere va al encuentro de Dios y no deberíamos llorar, porque esa persona ganó la felicidad. Esa niña fue más lo que me enseñó que lo que aprendió de mí.» Esta mujer no se quedó con su dolor para sí. Quiere compartir su experiencia para ayudar a otros. Visita casas, da pláticas en colegios, ayuda a las personas abatidas. Sólo desde la fe y la esperanza en la vida eterna se puede dar sentido a una tragedia como la de ella. Aunque el dolor jamás se borra. Siempre estará presente, e incluso puede parecer cada día más inmenso. Pero es, precisamente esa inmensidad, a la que la fe responde: mientras más grande sea tu dolor, más plenamente será consolado, sanado y llenado en el cielo. Un dolor real y profundo como éste nos hace reconocer que el mundo no es nuestra patria definitiva. Que aquí en la tierra nos falta algo. Que no hemos sido hechos para vivir por siempre aquí. Y mientras más asumimos esa falta, mientras más grande sea, más preparados estaremos para llenarnos de felicidad en el cielo.

#Dolor #Duelo

SACERDOTE Y AUTOR

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PADRE ADOLFO

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