:: Yo me confieso con Dios ::


Como sacerdote puedo asegurar que una de las partes más satisfactorias de mi trabajo es el sacramento de la Confesión. En ese cuadrito de apenas unos metros, se dan cita dos abismos infinitos: el de nuestro pecado y el de la misericordia de Dios. ¡Y siempre gana el segundo! Aunque personalmente hay días en que llego a confesar varias docenas de personas, reconozco con tristeza que hay miles de cristianos que ya no se acercan a la penitencia. Si bien en el fondo de su corazón cada quien tiene diversos motivos para no hacerlo, el pretexto más común es el sofisma de que «yo me confieso solo con Dios, ¡no necesito de otro hombre igual o más pecador que yo!». El mismo Papa, el 19 de Abril de 2014, respondió a este argumento frente a miles de fieles: «Sí, tú puedes decir a Dios: ‘Perdóname’, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote». Por lo tanto, no se trata nada más de decir nuestros pecados para que se borren, sino que hemos también de hacerlo para ponernos en paz con Dios, la Iglesia y nuestros prójimos. Personalmente, antes de ser incluso seminarista, tuve el regalo de vivir con hermanos separados durante un año. Me enseñaron mucho. Aprendí a vivir mi fe con más autenticidad, a valorar la Palabra de Dios, a crecer en mi vida de oración, a hacer apostolado. Pero lo que yo siempre eché de menos, fue el mayor regalo que tenemos los católicos: los sacramentos. Es que a través de ellos podemos tener la certeza de que somos tocados y estamos tocando al mismo Dios. En ese momento de mi vida aprendí que más que una obligación, los sacramentos –y en especial la Eucaristía y la Confesión–, son un regalo que Dios me da para tomar fuerzas y seguir acercándome a Él. Porque no es simplemente que “deba” confesarme, ¡es que lo necesito! Hoy por hoy, cuando voy a confesarme –¡porque también los sacerdotes lo hacemos!–, es para sanar mi alma, para aliviar mi corazón, pero sobre todo para reencontrarme con el Corazón de Dios tan lleno de misericordia que siempre borrará mis pecados, ¡sin importar lo graves que éstos sean! Y por eso me entristece que muchos de los cristianos se pierdan este regalo tan hermoso. Ya sé que a todos nos cuesta un poquito reconocer nuestros errores. A veces nos da mucha pena, nos avergüenza. Sin embargo, el Papa reconoce que «la vergüenza es buena, es ‘saludable’ tener un poco de vergüenza. (…) La vergüenza también nos hace bien, nos hace más humildes. Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios, perdona». Por lo demás, cuando nos formamos en la fila del confesionario, podemos experimentar ése y muchos otros sentimientos que nos empujan a correr de ahí. Pero luego, terminado ese encuentro con el Perdón, siempre salimos más libres, más grandes, más felices, más en paz. No, la Confesión no es invento de los hombres, sino un regalo que Jesús nos dio cuando sopló sobre sus discípulos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedarán retenidos.» (Jn 10, 22-23) La Cuaresma es un tiempo de conversión, de reencuentro con Dios. ¡No pierdas un día más sin acercarte a Él a través de la Confesión! Celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo lleno de cariño: es el abrazo de la infinita misericordia del amor de Dios.

#Confesión

SACERDOTE Y AUTOR

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